Coger tu mano significaba saltar. Mirarte había sido asomarse al vacío; pensarte, como tantear la altura; y coger tu mano, sin duda, significaba saltar desde lo más alto del acantilado. Había llegado la primavera. Era un lluvioso día de invierno cuando te volví a encontrar por aquella desoladora e interminable carretera en la cual nos hallábamos. Te divisé a lo lejos, en color mojado debido a la inmensidad del agua que caía desde las nubes. Me encontraba en el interior de la que fue la última rotonda. No recuerdo si estaba en pie o si las escasas fuerzas que me quedaban no me lo permitían. Lloré, de la forma más lamentable en la que uno puede llorar. Lloré incluso más que las nubes. Grité en silencio, esto es lo más parecido a hablar que hacía en mucho tiempo. No esperaba respuesta a un angustioso grito vacío. Agaché la vista, no sería ese el día en el que tuviera la oportunidad de conocerte pensé. Me dormí. No sé durante cuánto tiempo permanecí dormida, pero esc...
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